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[Diario] El Señor de Verde Sombrero y Vestimenta Marrón - Parte 1º

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[Diario] El Señor de Verde Sombrero y Vestimenta Marrón - Parte 1º

Mensaje por Zhown el Lun 16 Dic 2013, 04:05

La noche en Lvneel era un auténtico asco. Las cantinas estaban repletas de borrachos que reían y bebían sin parar, esperando a que les diera un coma etílico que los llevase a los brazos de la Muerte. Otros comían, otros cantaban, e incluso otros se escapaban a las habitaciones de los hostales para pasar el rato. Mientras tanto, una oscura figura caminaba por las calles con un paso seguro y confiado. Como vestimenta, portaba unos pantalones grisáceos, tapados en su parte inferior por unas botas marrones, y atado en la parte superior por un cinturón del mismo color. Una camisa blanca tapaba su torso y, encima de esta, una gabardina de color azulado. Unos guantes oscuros tapaban sus manos, y llevaba la espada distribuida al lado derecho de la cadera. No tenía ninguna prisa, y sus incoloros orbes observaban todo lo que tenía a su alrededor.

Ararará… Y yo que pensaba que podría divertirme un rato esta noche… Qué equivocado estaba – Comentaba el espadachín con el semblante frío y cabizbajo, ceño fruncido y un aire de agobio a su alrededor. Sus pasos sonaban con claridad en la noche de Lvneel, aunque a veces se veía eclipsado por los gritos de euforia que la gente proclamaba desde el interior de los bares.

Suspiró y continuó con su paseo nocturno, con las manos dentro de los bolsillos. Su espada tintineaba con cada paso, sonando metálicamente al entrechocar con sus piernas. Un leve viento se levantó instantáneamente, y el joven paró extrañado. Incluso llevó una de sus manos al mango de su arma, preparado para desenvainarla. Sus sentidos estaban alerta, y adoptó una posición de defensa rápida por si era atacado. Empezó a girar sobre su pie derecho, con el objetivo de observar a todo aquel que pudiera estar en las inmediaciones de sus cercanías. No sabía qué estaba pasando, pero su instinto le indicaba que no era nada bueno. Apretaba el mango de la espada con fuerza, pero sin llegar a hacerse daño. La situación podría hacer estremecer a cualquiera, pero no al joven Zhown, que controlaba sus sentimientos como un auténtico espadachín de verdad. Ya le habían dicho desde pequeño que una mente ofuscada o confusa es una mente nublada, una mente débil que puede caer lentamente en las sombras y no recuperarse nunca más. Por eso, intentaba ser siempre el dueño de sus actos, a pesar de que se sorprendiera al encontrar algo que no se esperaba para nada.

¿Qué es esto? – Preguntó retóricamente, al encontrar una carta suspendida de un hilo que no parecía estar atado a ninguna parte. Enfundó la espada y la tomó, abriéndola para leer la información que había en su interior.

Había sido invitado a un viaje un tanto enigmático, afirmando que todos los que estuvieran allí serían recompensados. Activando el “instinto pirata”, nada más leer aquello el peliblanco pensó que podía tratarse de un tesoro o algo parecido. Claramente, llamó su atención. “La nueva era se encuentra en la isla custodiada por el gran señor de verde sombrero y vestimenta marrón”, leyó. Era un pequeño acertijo, pero el que no lo adivinase era demasiado tonto para creerlo. Hacía alusión a un gran árbol, puesto que la vestimenta marrón hacía referencia al tronco, y el sombrero verde a los árboles. Era fácil, así que giró la carta para leerla por ambos lados y descubrir si había algo nuevo, además de seguir pensando allí mismo, sin moverse del sitio en el que estaba posicionado.

No dice nada de ningún lugar en concreto, solo lo del árbol. Tal vez si pregunt… – Fue a terminar la frase, pero unos pasos le cortaron desde su espalda, ante lo que giró con rapidez y una mano en el mango de su arma, otra vez alerta.

Un vagabundo de aspecto para nada saludable estaba allí, de pie ante él. Varios trapos sucios tapaban su cuerpo, aunque podía verse una cara de pelo largo y barba rauda desaliñada. Desde luego, no daba muy buena imagen, aunque señaló la carta con un dedo delgado y raquítico, casi enfermizo. Hizo ademán de hablar, pero parecía que le habían cortado la lengua previamente. En sus ojos podía verse un deber que el peliblanco no llegó a comprender demasiado, por lo que se quedó allí estático. Fue a decir una palabra, pero se encontró con que el vagabundo emprendía una caminata hacia un callejón secundario de la calle por la que paseaba anteriormente.

Sin dudarlo un instante, puesto que le había hecho signos para que le siguiera, el intrigado espadachín comenzó a seguir al vagabundo que encabezaba aquella marcha. No sabía a dónde podría llevarle, pero para eso tenía sus espadas. Si veía algo que pudiera hacerle sentir intimidado, atacaría. Sin embargo, unos cuántos minutos más tarde, llegaron al puerto de Lvneel. Un barco algo extraño estaba anclado y preparándose para zarpar, mientras que el vagabundo señalaba la entrada. Una vieja que parecía estar falta de la vista era la única persona que vio. Dirigió su vista hacia el vagabundo, pero cuando quiso hacerlo, ya no estaba allí.

Esto parece un cuento de fantasía, interesante – Añadió, mientras que veía a un joven que subía al barco por delante que él.

Llegó a donde se encontraba la vieja, que rápidamente le comentó, a pesar de no verle: “Dime… ¿Dónde vamos? me lo dices en el oído, no quiero que nadie más te oiga”. Sin más espera, el joven respondió con premura, deseando subir a aquel barco que le llevaría hasta el tesoro mencionado en la carta:

Llévame al “Árbol” del que habla la carta – Le comentó con una mirada fija, a pesar de que no sabía dónde ubicarla, debido a la ceguera de la mujer. Incluso sacó la carta y la tendió con su mano derecha por si era necesario.

Simplemente esperó a que ella le contestase, y si por casualidad pasaba aquella “prueba inicial”, entraría al interior del barco y se quedaría quieto en la cubierta. En cada viaje que realizaba, era el lugar que más soledad le otorgaba, y la que más le gustaba a la hora de pasar horas viendo el mar. Así que allí estaba, el gran Zhown, esperando la confirmación de su pase a “La Isla del Tesoro”. Estaba deseoso por llegar y sobresalir. Después de todo, era un pirata, y únicamente tenía una norma en mente: “Arrasa con lo que veas, y generoso no seas”.

No pasaron más de cuatro o cinco segundos tras responder la clave al acertijo de la carta, cuando la anciana se apartó y dejó paso al espadachín. Este avanzó con la barbilla alta y el ceño fruncido, expresión habitual en él. No es que se creyera superior a nadie, sino que simplemente era la cara con la que había nacido. Sus manos iban apoyadas contra el mango de su espada, que sobresalía un poco por la parte inferior de su capa azulada. Sus pasos le llevaron hasta la cubierta, de un barco que parecía de todo menos lujoso. Su mirada era desconfiada, insegura, como si no se fiase de las oportunidades que pudieran ofrecerle en aquel navío. Como pirata, no podía confiar en nadie que no fuera su propia persona, así que tendría que ir con cuidado. Por suerte, si algo salía mal, siempre podría cortarlo con su espada. Y debido a tal as bajo la manga, bajo la capa mejor dicho en este caso, podía estar tranquilo y pacífico.

Una vez situado en la cubierta, sentado en posición de loto con la espada extendida sobre sus piernas, el joven espadachín reposaba con los ojos cerrados. Había visto a un encapuchado y a un niño pequeño rondar por las inmediaciones, pero debido a que no les conocía, se negó a entablar una conversación con ellos. Más tarde entraron en escena dos personas más, puesto que escuchó pasos a su espalda. Sin embargo, no se volteó, y siguió mirando hacia la dirección en que estaba apuntando el barco. Abrió durante un momento los ojos, observando el astro que reinaba en el cielo. Se relajó todo lo que pudo, y continuó en aquella postura reflexiva durante un buen tiempo. No sabía a dónde se dirigiría una vez que el navío zarpase, pero solo esperaba que no fuera una treta que una mente superior hubiera ideado para un juego sangriento. Y de darse dicho caso, tendría que entrar en el juego para cortarle la cabeza y meter sus estúpidas ideas en otro sitio que no le interesase mostrar.

Pasó el tiempo, y un nuevo jaleo se armó en la zona del puerto. Nada más escucharlo, el espadachín abandonó su posición de autismo y fue hacia una zona lateral del barco para observar mejor lo que pasaba. Un chico de pelo rubio estaba junto a la anciana, que le regañaba por haber lanzado a un hombre al agua. Los incoloros orbes de Zhown se dignaron a mirar la zona en que supuestamente debería estar el hombre, pero una película de sangre estaba fusionándose con el agua marina. Ante aquello, el espadachín arqueó una ceja debido a la intriga. ¿Qué era lo que había bajo la superficie marina? ¿Pirañas? ¿O algo que escapase a su entendimiento? Desde luego, la actitud que había tenido la anciana con el niño era bastante preocupante, puesto que daba a entender que sus vidas correrían peligro si osaban darse un baño a aquellas horas. Por tanto, habría que tener mucho más cuidado de lo normal.

Entonces, cuando todos estuvieron reunidos, la anciana no dejó pasar a más gente y se dirigió con breves frases a las personas que había allí a su alrededor. Zhown había pasado la prueba, y pronto conocería al amo que había calculado todo aquello. Aquellas palabras llamaron su atención, por lo que prestó sus oídos para seguir escuchando las palabras de la invidente. Empezó a preguntar diversas cosas sobre ellos, y fue el mismo niño que vio al principio el que entró en escena como una cabra loca. Dijo una sarta de tonterías, desde luego era todo inmadurez, pero qué se le iba a hacer. Por lo visto, se creía el “capitán” del barco, y repartiría el botín que obtuvieran de la forma que él creyera adecuada. Presentándose como Hatsue, fue la primera persona que Zhown odió de ese barco. No le gustaban aquellos que se las daban de héroes principales, pero por suerte vino un segundo compañero a cantarle las cuarenta al chico y poniéndole los pies en el suelo de una vez por todas. Un joven que vivía en las nubes no duraría nada en un mar peligroso, y la verdad es que con una mentalidad tan infantil, habría que concretar que no duraría más de un segundo. El encapuchado se presentó como “75”, nombre en clave. Parecía que dentro de aquel barco se había reunido una tripulación bastante interesante...

Pero... ¿Cuál era el fin de reunir a tanta gente? ¿Qué misterios desentrañaba el Señor de Verde Sombrero y Vestimenta Marrón?
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